Llegó, tal y como llega un paso de misterio, sobrio, primoroso, a compás y sin descomponerse. Y se fue, como sale un palio después de una buena revirá, con una buena zancada; donde la memoria guarda esa instantánea hasta el último de los días. Así se fue esta atípica Semana Santa.


Todos los detalles se echaban en falta, todos éramos importantes y no lo sabíamos porque en esta fiesta, da igual la condición, nadie está excluido. La cera en el pavimento, los restos de una petalá, el eco de una corneta o el dolor de pies después de un día largo de cofradías. No se escucharon “vivas” en el Cerro, ni se tiraron flores en Triana. Menos aún sonó el tensado tambor de la Centuria, ni tampoco campanas de luto en San Andrés.                                                                                                             


El recuerdo, nuestro mejor aliado esta Semana, nos asistió a revivir esta fiesta grande de la ciudad.


Las veneraciones, como en el 33, y las exposiciones han sido el pan de cada día. Al más puro modernismo. Ni que estuviéramos en Burgos.


Pero, esta singular Semana Santa nos ha dejado estampas inolvidables. El Cristo de la Buena Muerte y el Cristo del Amor, velados, dando una lección de liturgia formidable, recordándonos que, nuestra fe solo es posible a través de la cruz. El Cristo de la Misericordia de Santa Cruz con la aureola que llevara hasta 1979, o el Señor de la Sagrada Cena y sus apóstoles, como ya lo pintara Leonardo Da Vinci en el siglo XV. No podemos dejar en el tintero el regreso del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes sobre el mítico “Acorazado Potemkin” en el vulgo de la Palma. La Virgen del Dulce Nombre presidiendo el altar de la parroquia de San Lorenzo junto al crucificado del Mayor Dolor y San Juan; o la recreación del Monte Calvario en San Antonio de Padua.


Sevilla se ha quedado vacía sin sus pasos, como si fuéramos fantasmas en una ciudad abandonada. Aquí no entendemos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor sin pasos en la calle. Aunque algunos, prefirieron apostar por profundizar en sus virtudes más espirituales.


“Consummatum est”, que significa “Todo está cumplido”. Así acaba una nueva Semana Santa, y esperemos que sea la última que tengamos que vivir en estas condiciones, donde kilométricas colas se daban en las puertas de las iglesias para ver a las imágenes. Pero no nos olvidemos, el resto del año los bancos de los templos y los sagrarios nos están esperando a todos.


Volveremos.


Fotografía: Alejandro del Castillo Perujo / @Alejandrocp99

"Lo que pudo ser y no fue".


Llegó, tal y como llega un paso de misterio, sobrio, primoroso, a compás y sin descomponerse. Y se fue, como sale un palio después de una buena revirá, con una buena zancada; donde la memoria guarda esa instantánea hasta el último de los días. Así se fue esta atípica Semana Santa.


Todos los detalles se echaban en falta, todos éramos importantes y no lo sabíamos porque en esta fiesta, da igual la condición, nadie está excluido. La cera en el pavimento, los restos de una petalá, el eco de una corneta o el dolor de pies después de un día largo de cofradías. No se escucharon “vivas” en el Cerro, ni se tiraron flores en Triana. Menos aún sonó el tensado tambor de la Centuria, ni tampoco campanas de luto en San Andrés.                                                                                                             


El recuerdo, nuestro mejor aliado esta Semana, nos asistió a revivir esta fiesta grande de la ciudad.


Las veneraciones, como en el 33, y las exposiciones han sido el pan de cada día. Al más puro modernismo. Ni que estuviéramos en Burgos.


Pero, esta singular Semana Santa nos ha dejado estampas inolvidables. El Cristo de la Buena Muerte y el Cristo del Amor, velados, dando una lección de liturgia formidable, recordándonos que, nuestra fe solo es posible a través de la cruz. El Cristo de la Misericordia de Santa Cruz con la aureola que llevara hasta 1979, o el Señor de la Sagrada Cena y sus apóstoles, como ya lo pintara Leonardo Da Vinci en el siglo XV. No podemos dejar en el tintero el regreso del Señor del Silencio en el Desprecio de Herodes sobre el mítico “Acorazado Potemkin” en el vulgo de la Palma. La Virgen del Dulce Nombre presidiendo el altar de la parroquia de San Lorenzo junto al crucificado del Mayor Dolor y San Juan; o la recreación del Monte Calvario en San Antonio de Padua.


Sevilla se ha quedado vacía sin sus pasos, como si fuéramos fantasmas en una ciudad abandonada. Aquí no entendemos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor sin pasos en la calle. Aunque algunos, prefirieron apostar por profundizar en sus virtudes más espirituales.


“Consummatum est”, que significa “Todo está cumplido”. Así acaba una nueva Semana Santa, y esperemos que sea la última que tengamos que vivir en estas condiciones, donde kilométricas colas se daban en las puertas de las iglesias para ver a las imágenes. Pero no nos olvidemos, el resto del año los bancos de los templos y los sagrarios nos están esperando a todos.


Volveremos.


Fotografía: Alejandro del Castillo Perujo / @Alejandrocp99